En los últimos días una noticia un poquito macabra ha transitado de boca en boca en mi ciudad, Cumaná. Como pocas –poquísimas– veces en este contexto la homosexualidad es noticia aunque, como suele pasar no sólo aquí sino en toda Venezuela, desde una óptica marcada por cierta ideología discriminatoria. La cuestión es que hace unos días [aunque la noticia es enteramente verídica evitaré dar datos precisos, primero, porque no dispongo de ellos y, segundo, porque en realidad no me interesa dar a conocerlos y son irrelevantes para exponer mi punto] desapareció un muchacho. Sus padres, dueños de una tienda más o menos grande en el centro de la ciudad, asumieron que lo habían secuestrado aunque no hubo llamadas, no le contactaron para pedir rescate. Nada. Tras darse a conocer la noticia todo el mundo, como sus padres, asumieron lo mismo. Finalmente, el muchacho apareció. O, más bien, su cadáver destrozado (según se, descuartizado). Poco a poco la trama se fue desentramando y entre lo mucho que puede que sea (y seguramente es) mentira y lo poco que haya de verdad la historia que se comienza a tomar como oficial es la siguiente: el sujeto, descendiente de una familia árabe relativamente acaudalada, había sido comprometido y estaba pronto a casarse. Dada la situación, el difunto decide hablar con su antiguo amante (hombre) para terminar la relación, quizá abriéndose a la posibilidad de “regeneración” que el matrimonio arreglado le ofrecía, quizá porque se cansó del “chuleo” al que supuestamente era sometido. Es difícil saberlo ahora. El hecho es que el amante enervado ante el abandono lo llama por última vez, lo cita en un pueblo cercano y allí lo mata. Lo mata, supuestamente, a golpes y deja su cuerpo, según se, en tal estado que se asume que el muchacho fue victima de una horrible tortura donde le fueron cortado algunos miembros y donde posiblemente hubo violación. Agreguese a la historia, además, –para deleite de amarillistas y homofóbicos– algo de drogas, sexo, dinero, carros a alta velocidad y música a todo volumen.
Ahora bien, ¿cuál es la reacción de la gente? Un amigo me contó hoy que, a propósito de lo sucedido, su madre había retomado el discurso eclesiástico: "Viste, hijo, viste lo que pasa cuando se va en contra de los designios de Dios". Ese Dios que castiga y mata a golpes, ese Dios que tortura, ese Dios que no le cierra sus puertas a los homosexuales siempre que estén dispuestos a transformarse, ese Dios que condena la legitimidad del amor entre dos personas del mismo sexo y el simple derecho de ser de las personas que, sólo por decir algo, no están totalmente a gusto con su cuerpo. Mi hermana, por su parte, que me adora y me ha apoyado siempre en todo, no puede evitar advertirme que tenga cuidado, que hay gente mala por ahí, que no confíe en nadie. Si, dejándose llevar por algo que es irremediablemente más fuerte que ella, lo que me esta diciendo mi hermana es que tenga cuidado con los maricos: mira de lo que son capaces. Mientras tanto mi abuelo y mi tío retoman una discusión de larga data. Uno afirma que la homosexualidad es una enfermedad, una falta cromosomica o algo así, una disfunción que viene de nacimiento. El otro no. Mi tío afirma que eso es una conducta totalmente aprendida, una cuestión meramente psicológica, un trastorno, resultado de ciertas condiciones sociales.
Si, la muerte de un homosexual siempre levanta polvo o, más bien, tierra: la tierra con la que sepultan no sólo al gay muerto sino a todos los demás que quedamos vivos pero enterrados en la clandestinidad… porque ser homosexual es una cosa asquerosa, porque los homosexuales somos unos enfermos. Parias que deben quedarse donde no llega la luz. Al final, por lo menos a mi no me parece errado decir que este sea otro crimen de odio más, y de los peores: de los que no se quedan ahí, en el crimen mismo, sino que fomentan y reproducen los prejuicios y, precisamente, el odio en nombre del cual se mata o se justifica la muerte. Porque fue la homofobia la que llevó a este muchacho a buscarse un “amante” que, a cambio de dinero, le hiciera ciertos “favores”, la misma que en el intento de inhibir la “desviación” reduce la homosexualidad a una cuestión meramente sexual. Imposibilitado de crear vínculos afectivos y efectivos con gente como él para no ser descubierto, ese muchacho (probablemente bajo la presión aún mayor de la estricta comunidad árabe venezolana) prefirió aislarse del mundo y mantener una parte esencial de su ser en secreto, reprimirse, darle dinero a cualquiera por sexo e ir a un último encuentro siempre tamizado por la clandestinidad, mientras sus padres le montaban el teatro de un matrimonio.
* Para que, al final, todo el mundo se enterara de la manera más escabrosa de su verdad y la familia deshonrada –al tiempo que se seca las lágrimas– haya tenido que esconderse como el avestruz. Totalmente exculpada, claro.
* Para que, al final, significativa y paradójicamente, la que muchos suponen que era su mejor amiga (“porque siempre andaba con él”) afirme no haberse enterado nunca de su homosexualidad (¿ni siquiera a ella se lo dijo?). Y peor aún, después de todo, incluso la niegue como queriendo absolver de ese terrible pecado a su amigo ahora muerto o simplemente negándose a creer que alguien a quien quiso en vida lo hayan matado “por marico”.
* Para que, al final, la sociedad quede totalmente libre de culpas y la única victima de todo el asunto se convierta, gracias a la magia de la homofobia, en uno de los imputados.