17 ago. 2013

Disidencia sexual y revolución

¿No habrá un maricón en alguna esquina
desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?
Pedro Lemebel, Manifiesto (Hablo por mi diferencia)

A propósito del movimiento “sexodiverso” en Venezuela, la polarización social que se vive en el país y las luchas por la diversidad dentro de los partidos políticos nacionales, incluyendo a las organizaciones o colectivos ligados al partido de gobierno. El presente texto es el resultado de la necesidad de (re)pensar la situación de profundo atraso que se vive en nuestro país y las escasísimas iniciativas de un Estado socialista y revolucionario por decreto, para hacer efectivos los derechos de las personas que contravienen la obligatoriedad heterosexual.

Frente a la complicidad homicida de los poderes públicos ante el evidente clima de homofobia y transfobia que cobra vidas a diario y perpetúa formas indirectas de violencia. Frente a la reproducción de estructuras objetivas que sientan las bases para la exclusión de estas personas. Frente a la inacción, el encubrimiento y el silencio condescendiente de académicos, académicas y activistas ante la explicita discriminación, en el discurso y en la acción, de las y los dirigentes políticos cuando estos y estas pertenecen a su tolda partidista. Consideramos urgente el surgimiento de un movimiento político comprometido que haga frente al régimen sexual que ha imperado en Venezuela aún durante los 54 años de “democracia” y los últimos 14 años de “revolución”.

1. La injuria, de donde venga

Sectores activistas vinculados a la izquierda venezolana han señalado que la revolución bolivariana aboga por la liberación de la sexualidad en tanto ésta es construida con y por el pueblo. Sin embargo, las expresiones de homofobia de dirigentes políticos del Psuv (incluyendo al actual Presidente de la República) son, precisamente, la muestra de la homofobia de ese pueblo que se ensalza como fuente de bondades y reconocimiento a la diversidad. Es cierto que una izquierda coherente con sus principios debe luchar por la indistinta inclusión material de todos y todas aquellas que han sido histórica y sistemáticamente excluidas, pero el auto-reconocimiento como gente de izquierda no debe cegarnos ante la realidad de un sentir popular que, por historia impuesta y por raíces ancestrales, tiene una base profundamente patriarcal. Invisibilizar la homofobia, la transfobia y el machismo presente en los barrios, en los sindicatos de obreros y obreras, en los partidos de base socialista anti-imperialista, en los colectivos campesinos, indígenas y afrodescendientes, es legitimar su existencia y favorecer su reproducción.

Si debemos cuidarnos de los nacionalismos exacerbados y la insistencia en el “rescate” de los valores tradicionales, más aún debemos estar atentos ante la racionalización, aceptación y justificación de la violencia homofóbica y transfóbica en el seno de la propia disidencia sexual. La homofobia y la transfobia son inaceptables en todas sus presentaciones, sea a través del término popular “cachapera”, del término anglosajón “gay” o del término patologizante “homosexual”. Cuando éstos son utilizados como injurias frente a quienes no se asumen dentro de la normativa sexual, toda persona considerada “anormal” se convierte en objeto de abyección y desprecio. Lo dijo Eribon, la injuria (consumada o latente) es la expresión de la asimetría entre los individuos, entre los que son legítimos y los que no lo son. Por lo tanto, una cosa es apropiarse del término y utilizarlo como recurso de defensa, venga de donde venga, a través de su resemantización, desarmando al que humilla arrebatándole sus propias armas; y otra cosa es asumir que, por el lugar desde el que se enuncian, algunos de estos términos utilizados peyorativamente pueden ser en sí mismos más convenientes que otros, menos violentos y más aceptables.

2. La cuestión política

La política está diametralmente separada del partidismo sectario. Cualquier lucha por la vindicación de un colectivo social que quiera transformar las bases sobre las que se sustenta el orden que oprime y excluye, debe estar consciente de que los partidos políticos son aparatos que no buscan darle respuesta a lo que se sale de sus filas. Para cumplir la razón de su existencia, el partidismo tiene que anular la critica que lo ataca y la que ataca al orden del que se hace parte. Su lógica no le permite ser de otra forma. La banal distinción entre la crítica que destruye y la crítica que construye no debe ser excusa para enfilarnos, sumisamente, y callar los cuestionamientos demasiado escandalosos ante los patriarcas. La voz de las excluidas y los excluidos no puede simplemente construir sobre lo hecho, mucho menos si se dice revolucionaria. La deconstrucción del sistema es un imperativo de todo movimiento social, si no quiere “construir” la ilusión de su vindicación sobre la base de una sociedad que, en esencia, va contra él.

La nuestra es una sociedad patriarcal, androcéntrica y heterosexista, homofóbica y transfóbica de la peor manera posible, de la más invisible, de la que subrepticiamente se va contra ti, defendiéndose tras la negación del odio, tras el disfraz de un chiste, de un insulto “inocuo” o de las anticipadas “yo no soy homofóbico, pero…”, “yo no tengo problemas con sus inclinaciones sexuales, sin embargo, …”. El reordenamiento de nuestras disposiciones de lucha debe orientarse a la crítica radical del régimen presente, su lenguaje, sus discursos y sus prácticas, utilizando lo que del sistema nos convenga para subvertir las estructuras que nos mantienen en una situación de exclusión material y simbólica. No ir más allá del partido es correr el riesgo de convertir la lucha en una anquilosada defensa de lo que el partido nos quiera dar. La lucha, si es dentro del partido, debe ser también contra el partido y sus patriarcas. La lucha es por el reconocimiento social y es contra la raíz objetiva de las violencias cotidianas. La lucha es de una disidencia sexual que reafirma su carácter explícitamente político sin adhesión ni atadura partidista. Los partidos no hacen revolución, la historia nos lo ha demostrado. Pero para la disidencia sexual la revolución debe ser un imperativo ético y político que se exprese en un contra-discurso comprometido y en acciones orientadas a cuestionar el “sentido común” del clientelismo partidista y del conservadurismo imperante.

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